La construcción del éxito y del fracaso escolar

Evocar un viejo libro de Perrenoud en el título no solamente señala la vigencia de un texto de hace 15 años. Es una verdad como un templo. Y más estos días en que en España evaluamos y ponemos notas a troche y moche…

No hace falta insistir en la escasa utilidad de la repetición de curso. Está más que demostrada. Su única virtud es la de dejar atrás a los más pobres, más tontos o más gandules. O sea, abandonar a los más necesitados de educación a su triste suerte, en un curso de niños más pequeños. Ojos que no ven, corazón que no siente.

En las evaluaciones finales siempre plana el debate sobre la necesidad de aprobar a muchos o a pocos. Qué majadería! La necesidad no está en que aprueben, está en que aprendan. Y eso es una suma de tantos factores que no se puede garantizar. No fabricamos objetos, formamos a personas. Cosa pausada, compleja y bella.

Nos aferramos a poner notas, calificar, comparar. Nos atrapamos en fabricar una excelencia, una entelequia basada en artificios contables. Pues sin éxito escolar, no hay fracaso escolar.

A lo largo del curso vamos poniendo números y más números… Luego, claro, ya enzarzados, las letras y las cifras nos arrastran a una vorágine de calificaciones, boletines y juicios sumarísimos: insuficiente, suficiente, bien, notable, sobresaliente.

Nos autoengañamos con las notas, con su falso valor de cambio, cuando en realidad no hay más valor para el aprendizaje obligatorio que su valor de uso: aprendí algo, pues soy más sabio. Ergo más libre.

 La educación obligatoria debe cursarse y punto. Los profesores debemos crear condiciones para que el aprendizaje sea posible. Un curso son sólo unos días que se aprestan a pasar, un diminuto instante inmenso en el vivir. Después mirar la realidad y nada más, que decía Silvio.

Tus alumnos saben lo que saben. Aprendieron lo que aprendieron. No fuimos capaces de más. Ni tú, ni ellos. No busques causas pasadas. No juzgues. No condenes lo que ya terminó. Aprende algo y mejora tu próximo curso.

Hice cuanto pude, profesor.
Yo también, alumno.
Pues un abrazo y buena suerte!

Fuente: La construcción del éxito y del fracaso escolar

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